jueves, 1 de septiembre de 2011

La Batalla de Alfambra. La última carga de la Caballería Española.

El General Monasterio con su montura y boina carlista.
Dentro del marco de la gran Batalla de Teruel, entre los días 5 y 8 de Febrero de 1938 se desarrolló la Batalla de Alfambra, donde las tropas nacionales obtuvieron una victoria aplastante que les allanó el camino para la recuperación de la ciudad de Teruel, que poco antes había caído en manos de los republicanos. Pero, lo más importante de esta batalla, desde un punto de vista romántico, es que en ella se produjo la última carga de la Caballería Española, y una de las últimas mundiales, al mando del General José Monasterio Ituarte.
La estrategia nacional se basó en la división de sus fuerzas de 100000 hombres en tres grandes cuerpos, el primero, el Marroquí mandado por el General Yagüe se encargaría del flanco norte, el centro lo ocuparía la I División de Caballería comandado por Monasterio y el Sur por el Cuerpo de Ejército de Galicia al mando del General Arando. En su ofensiva sobre el valle del río Alfambra los apoyarían unas 400 piezas de artillería y la aviación nacional, además de l italiana y la Legión Condor. Para la defensa del valle, los republicanos contaban con el XIII Cuerpo de ejército, integrado por cuatro divisiones, las ya curtidas 27ª y 39ª, la 66ª y la más novel, la 19ª.
Los ataques se iniciaron con retraso el día 5, pues debido a una gran niebla, la aviación no tenía apenas visibilidad para realizar sus bombardeos. La artillería nacional también inicio su castigo sobre las posiciones enemigas. Por parte republicana, los carros de combate soviéticos intentaban abatir a la aviación nacional.
El día 6 continuaron los combates, esta vez con el avance de la Infantería nacional que tras romper la línea de enlace de las brigadas mixtas 132ª y 61ª y creaba un corredor de más de 15 kilómetros en las líneas de la 151ª.
Será el día siguiente cuando la Caballería inicie sus misiones de reconocimiento entre la Sierra de Palomera y la carretera de Zaragoza. La misión se saldó con gran éxito, pues no solo cogieron por sorpresa al enemigo atrincherado, sino que hicieron 1600 prisioneros, además de incautar gran cantidad de armamento y abrir otro nuevo corredor en el campo de batalla. Los republicanos eran continuamente superados por los movimientos nacionales, que conseguían embolsar brigadas enteras, forzando así su rendición. Además, se veían fijados sobre el terreno y no podían hacer nada mientras veían como la División de Monasterio se dirigía a Visiedo, en la mismísima retaguardia republicana. Hacia allí fueron 13 tanques republicanos. Viendo este movimiento, los aviones Fiat italianos pegaron varias pasadas, consiguiendo destruir un carro y averiando varios más. La intervención de la aviación y la cobertura de la artillería, hace que los jinetes de Monasterio consigan situarse a tan solo 50 metros de las posiciones republicanas. Es aquí, con el 4º Escuadrón de Alcántara en vanguardia que Monasterio ordena una carga a la vieja usanza. Los soldados republicanas, que en esa zona eran los más noveles, vieron sorprendidos como pese a sus armas modernas, 3000 demonios a caballo se les echaban encima. Sin poder creer que esa imagen pudiera ser posible y presos del pánico, muchos se dieron a la fuga y cayeron bajo los cascos de los caballos. El 4º Escuadrón Alcántara alcanzó Visiedo, donde los republicanos huyeron sin luchar al ver lo que se les venía encima. Mientras, el resto de la División se abría en abanico y ocupaba la población de Camañas, además de capturar toda una batería artillera enemiga. A media tarde de ese día 7, toda la División de Monasterio había llegado a las faldas del río. Al día siguiente, el resto de fuerzas nacionales completó el avance desde Perales de Alfambra, mientras la I División de Caballería seguía limpiando de enemigos la zona. En total se ocuparon más de 1000 kilómetros cuadrados y 14 poblaciones, dejando limpio el camino hacia Teruel para su reconquista.
La I División de Caballería del bando Nacional.

El General Monasterio, de fuertes tendencias carlistas, fue nombrado jefe de milicias y consejero nacional de FE de las JONS al acabar la guerra e ingresó en 1942 en la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro, además de ser ascendido a Teniente General. En el año 1943, tuvo valor, junto a otros generales, de decirle al Generalísimo Franco que debía de reinstaurarse ya la monarquía. No molestó esto al líder nacional, que le nombró sucesivamente Capitán General de las V y III Regiones Militares, además de llegar a ser procurador en Cortes. Pero, sin duda, por lo que ha pasado a la historia es por ser el protagonista de la última batalla romántica en territorio español con la épica carga de sus jinetes, a pecho descubierto, frente a los fusiles y maquinaria enemiga.





La fames calagurritana. La fidelidad hispana llevada al extremo.

Como ya anunciamos en el artículo sobre Sertorio, vamos a dedicar este breve artículo al pueblo de Calagurris, que siguiendo el ejemplo de Numancia, ofreció una salvaje resistencia, todo en honor de la fides que habían jurado a su líder, ya muerto, el romano Sertorio.
Tras un primer asedio por parte de las tropas de Pompeyo y Metelo en el año 74 a.C., levantado este por la intervención de Sertorio, que le causa 3000 bajas al enemigo, la unión de Calagurris con su salvador se refuerza. Pese a este rescate, las consecuencia para la ciudad son muy duras, ya que las tierras de alrededor han quedado devastadas por los ejércitos romanos enemigos. A esto se suma que Pompeyo, orgulloso general donde los haya, no olvidará este fracaso y mantendrá Calagurris en su punto de mira.
Como ya contamos, el cambio de política en Roma, donde los populares vuelven a ser tolerados y a coquetear con el poder, hace que la legitimidad de Sertorio quede muy dañada. Se inicia su declive en el año 73, hasta que es traicionado y asesinado al año siguiente. Parece ser, que el asedio a Calagurris se inicia ya en el 73 que inmersos ya en la resistencia se enteraron de la muerte de su líder y aliado, pese a lo cual siguieron luchando.
Pompeyo decidió delegar la dirección del asedio a su lugarteniente Afranio. La obstinación de este pueblo y su negativa a la redición conmovió a los cronistas romanos de varias épocas, y serán varios los que estampen por escrito esta gesta. Ante la falta de víveres y para no cesar en su lucha, se da el conocido episodio de la fames calagurritana, por el cual recurren al canibalismo, hasta el punto de, según Salustio, recurrir a salar los cadáveres para alargar su conservación. El mismo Salustio sirve de fuente a un autor posterior, Valerio Máximo, que fue el que retrató el episodio con mayor crudeza:

“La macabra obstinación de los numantinos fue superada en un caso semejante por la execrable impiedad de los habitantes de Calagurris. Los cuales, para ser por más tiempo fieles a las cenizas del fallecido Sertorio, frustrando el asedio de Cneo Pompeyo, en vista de que no quedaba ya ningún animal en la ciudad, convirtieron en nefanda comida a sus mujeres e hijos; y para que su juventud en armas pudiese alimentarse por más tiempo de sus propias vísceras, no dudaron en poner en sal los infelices restos de los cadáveres”.

Seguramente los autores más contemporáneos dieron más detalles del asedio, pero sus obras no han llegado a nuestros días. Existe una leyenda acerca de una figura conocida como “la Matrona”. Al parecer esta era la última mujer que quedaba con vida en la ciudad y su función era encender por las noches todas las cocinas de la ciudad, para que al ver el humo de estas, los romanos creyeran que aún quedaba mucha gente con vida. En su honor se erige en la actual ciudad de Calahorra una estatua con unas inscrpciones que rezan:

- "Prevalecí contra Cartago y Roma"


- "Consiguió Calahorra el trofeo de vencedora e invencible por la nobleza de su sangre, por su estirpe, por las ciencias, por sus virtudes y por su valor guerrero".


- "Muy Noble, Muy Leal y Fiel Ciudad de Calahorra".

La ciudad se reconstruyó varios años después, ya muy romanizada. Pero, lo cierto, es que este nuevo episodio de resistencia reafirmó la fama de gente dura que los hispanos tenían entre los romanos. Así mismo, volvían a demostrar ser un pueblo fiel, leal a sus líderes. El mismo Augusto tendría durante años una guardia personal formada exclusivamente por calagurritanos, sabedor de que tras haberle jurado fidelidad, nunca le traicionarían.


Estatua de La Matrona


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