domingo, 3 de abril de 2011

Reivindicando a un gran militar, General Valeriano Weyler.

El General Weyler ha pasado a la historia como El Carnicero, apodo que se le dio por su dureza en la guerra de Cuba, en especial por el episodio de la reconcentración de campesinos para evitar que estos se unieran a los rebeldes y que causó un gran mortandad en la población cubana por hambre y enfermedades. No vamos a justificar estas muertes, pero hay que entender que el país estaba en guerra, que los rebeldes independentistas hacían lo mismo en las zonas que controlaban, y que sobre todo, la prensa amarilla estadounidense exagero mucho las acciones de Weyler.


Pero Weyler ya era un hombre curtido antes de las guerras de Cuba. Hijo de un médico militar, siguió los pasos de su padre, pero en el arma de Infantería, en cuyo Colegio de Toledo ingresó y salió de Teniente en 1861, para seguidamente cursar los estudios de Estado Mayor y con solo 24 años ser ya comandante. Solo medía 1,52 metros, pero eso no le impedía ser un hombre impetuoso y destacar desde sus inicios como gran estratega, no en vano sus compañeros del colegio de infantes le llamaban Escipión. Su primera experiencia bélica fue en 1863 cuando es destinado a Santo Domingo, donde consigue la Cruz Laureada de San Fernando por la acción del río Haina, cuando con solo 150 hombres resistió el asalto de más de 500 durante tres días. Aquí aprendió Weyler lo dura que era la guerra bajo un clima tropical y empezó a convertirse en un experto en ella, además sobrevivió a las fiebres amarillas, quedando inmune a ellas el resto de su vida. Cabe destacar que antes de partir a este destino le había tocado la lotería nacional y se había hecho rico, pudiendo haber vivido tranquilamente de las rentas. Pero esto no iba con este gran hombre y solo el mundo militar podía darle la verdadera riqueza a su espíritu.

En 1868, en el marco de la Guerra de los Diez Años, parte a Cuba por primera vez. Era Brigadier y estaba a las órdenes del General Blas Villate, Conde de Valmaseda. Weyler organiza a los cubanos pro españoles en una entidad efectiva y temible, los Cazadores de Valmaseda, que serán el terror de los insurgentes. De vuelta a España, en 1873, con la I República y en el seno de la última guerra carlista, derrota al general Santés, por lo que es ascendido a Mariscal de Campo. Con la Restauración, pese a ser destituido un tiempo acusado de nuevo de ser demasiado brutal, sigue progresando y es ascendido a Teniente General y nombrado Capitán General de las Canarias, cargo que ocupa de 1878 a 1883, pasando luego a ejercer el cargo en Filipinas y otras regiones españolas.

En eso que vuelve la guerra a Cuba y la situación es cada vez peor, los rebeldes cada vez controlan más territorio de la isla y están rondando la capital de La Habana. El entonces presidente del gobierno, el inolvidable Cánovas del Castillo, que sobre esta guerra afirma que se hará “hasta el último hombre y hasta la última peseta”, sustituye al general Martinez Campos y nombra a Weyler como Capitán General. Gracias a esto la guerra da un vuelco. Weyler, frente a la tibieza de su antecesor, se muestra duro, muy duro sí, pero no más que los independentistas en una guerra muy cruel en la que pereció una tercera parte de la población total de la bella isla. Weyler hizo que los soldados españoles, machacados física y moralmente por la guerra de guerrillas y las enfermedades, recuperen el orgullo y venzan de nuevo en los envites contra los rebeldes. Como buen estratega se le ocurre dividir la isla a través de las trochas, murallas con puestos de vigilancia para aislar a los rebeldes. Consigue acabar con uno de los líderes más carismáticos de los rebeldes, Antonio Maceo. Pero en España la situación cambia, un anarquista italiano asesina a Cánovas y llega al poder el liberal Sagasta, contrario a la política dura de Weyler y lo sustituye por Ramón Blanco, quien fracaso en esta nueva política conciliadora, sobre todo desde la llega de los estadounidenses a la isla, quien sabe si Weyler podría haberles frenado de mejor manera.

De vuelta a España, Weyler llego a ser tres veces Ministro de la Guerra y una de Marina. Fue el encargado de sofocar la revuelta de la Semana Trágica de Barcelona en 1909 y llego a ser nombrado por sus meritos Grande de España, siendo Marqués de Tenerife y Duque de Rubí, además de ser nombrado senador vitalicio por Alfonso XIII. Su estrella se apagó con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, a la que se opuso y contra la que conspiró en la sanjuanada de 1926. No fue arrestado por estos hechos, su figura era demasiado grande para ello, pero se le retiró de la vida pública y murió en 1930, con 92 años. Hace unos años, su nieta, María Teresa Weyler escribió un libro para limpiar el buen nombre de su abuelo, al que tanto mancillaron los cretinos de Pulitzer y Hearst en su afán de llevar a su país a la guerra contra España para vender más periódicos. El libro se llama Memorias del General Weyler, que al parecer fueron dictadas por el mismo a su hijo y padre de la escritora, Fernando Weyler.

Mientras tanto, aquí como siempre creyéndonos lo que dicen del exterior de nosotros, sin pararnos a investigar y ver como son de verdad las cosas.

¡HONOR AL GENERAL WEYLER!

Bibliografía: - Revista Historia de Iberia Vieja, nº 69.
-www.biografiasyvidas.com
-Wikipedia.

2 comentarios:

  1. Está claro que a un hombre hay que enmarcarlo en la dinámica su época y no tildarlo automáticamente de esto o de lo otro, que es preciso investigar a fondo su verdadera actuación y su verdadero impacto, a la luz de la situación de aquel entonces.

    Pero de ahí a exclamar ¡HONOR AL GENERAL WEYLER! va buen trecho. Sus acciones en ningún caso se pueden justificar, incluso desde la lógica de la guerra o de las atrocidades del enemigo, pues este general se ensañó con la población civil, haciéndola sufrir de forma inaudita o simplemente desaparecer. No creo que pensarías igual si hubieras estado allí, en uno de esos campos de reconcentración.

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  2. Weyler representaba lo PEOR del autoritarismo español. Increíble que a estas alturas traten de justificar el genocidio del carnicero Weyler, causante de la muerte de mas de 250,000 cubanos INOCENTES. No fueron los norteamericanos los que le pusieron el apodo de "carnicero" a Weyler, fuimos nosotros los cubanos. Mi abuela era una niña en aquel entonces, de madre catalana y padre toledano, ambos simpatizantes con la causa independentista de Cuba. Nunca se le olvidó a mi abuela la imagen macabra en lo que hoy es la Habana Vieja, de una reconcentrada muerta con un bebé en los brazos tratando de tomar leche del pecho de ella. Esa imagen la llevó mi abuela hasta su último día de vida. Eso es lo que nos enseñaron nuestros abuelos de la política genocida de Weyler y lo que podemos ver de las fotos de la época. Vayan a la siguiente dirección electrónica y verá por qué JAMAS podrá existir de nuevo una Cuba española:

    http://www.latinamericanstudies.org/reconcentrado.htm

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